El aviso de un compañero y, sin embargo, amigo, me puso en guardia. Se trataba del padre Rafael Álvarez, quien estuvo al frente de la Misión Católica de El Aaiún hasta el año 1968 y, posteriormente, desde el año2000. En esos momentos se encontraba en Madrid, en una residencia dela orden de los Misioneros Oblatos, a la que pertenece.
El mensaje era a la vez un aviso y un ruego: que me presentara ante el sacerdote para conocerle personalmente, transmitirle el saludo y los mejores deseos de un amigo común y, si era posible, intentar esclarecer un misterio que desde hacía tiempo rodeaba a una imagen venerada en la iglesia de El Aaiún .La imagen no era otra que la de la Virgen de Montserrat, “la Moreneta”, a la que se acercaban cuantos veteranos viajaban por aquellas tierras, muy especialmente los compañeros catalanes. Dicha imagen había sido donada a la Misión por un matrimonio de Barcelona, aunque el motivo de la donación no ha podido ser aclarado por el padre Rafael, ya que esta se produjo cuando él no estaba al frente de la misma.
El compañero que solicitó mi ayuda —y que a estas alturas todos ya habréis adivinado que no es otro que nuestro amigo Joan Martínez Esquius— tenía y sigue teniendo la bonita costumbre de, en cada uno de sus múltiples viajes al Sáhara, acercarse a la iglesia de El Aaiún para presentar sus respetos a los sacerdotes que aún continúan al frente de la Misión Católica Española y, cómo no, para visitar a su Virgen.Pero he aquí que, en uno de sus últimos viajes, descubrió —no sin gran disgusto— que la imagen había desaparecido de su lugar habitual. El padre que entonces se encontraba al frente de la Misión no supo darle razón alguna sobre el motivo de su desaparición ni sobre el lugar al que había sido trasladada. Tras mucho indagar y casi poner patas arriba el interior de la iglesia, Joan descubrió, con enorme tristeza, su querida imagen arrumbada en un almacén anexo a la sacristía.
De ahí su petición para que intentara recabar alguna información del padre Rafael. Aunque no fue posible aclarar el misterio de la imagen,aquel encuentro me permitió descubrir a una gran persona, con una experiencia de vida y unos recuerdos y vivencias tan intensos que, para mí, fue un verdadero placer compartir un rato de amigable charla. Charla de la que ahora quiero haceros partícipes, al exponer aquí los:
Recuerdos del padre Rafael Álvarez Muñoz
El padre Rafael Álvarez Muñoz permaneció en el Sáhara al frente de la Iglesia de El Aaiún durante dos periodos: el primero, de 1961 a 1968, bajo la administración española del territorio; y el segundo, de 2000 a 2011, y abajo administración marroquí. Puede decirse con toda rotundidad que fue el verdadero impulsor y constructor de dicha iglesia, ya que contribuyó de forma personal a la edificación del templo. La cubierta se realizó mediante un sistema de rasillas ensartadas con barras de ferralla, un método tan ingenioso como artesanal. Si se observa detenidamente el edificio, la cubierta presenta dos tonalidades distintas, consecuencia de haberse construido en dos fases.
En la primera, debido a la escasa calidad de los materiales empleados, el agua de lluvia —las pocas veces que llovía— se filtraba, lo que obligó a aplicar una capa de alquitrán. Posteriormente, al levantarse la segund aparte con materiales aislantes, quedó visible la diferencia de color en el tejado.
Recuerda el padre Rafael la construcción del campamento de la playa, el BIR, y cómo fue él el encargado de bendecir oficialmente la colocación de la primera piedra del mismo. Guarda un recuerdo muy especial de la llegada de nuevos reclutas —en su época, por vía marítima— y de su presencia en la playa para reconfortar a aquellos jóvenes recién desembarcados que, además de desorientados, debían permanecer firmes hasta que el último de ellos pisara tierra, no siendo raros los desmayos entre los recién llegados. Especial afecto muestra al rememorar su contribución a la creación de la capilla de Cabeza de Playa, a la que no era fácil desplazarse. La distancia, unos treinta kilómetros desde El Aaiún, la recorrió en numerosas ocasiones caminando, bordeando dunas y, en ocasiones, con la fortuna de encontrar algún camionero que amablemente le acercaba parte del trayecto. Joven e impetuoso, no había distancia que se interpusiera entre él y su objetivo.
Pernoctaba en la propia iglesia, utilizando como colchón la mitad de la alfombra y como manta la otra mitad. Recuerda que la ventana carecía de cristal y que la arena acumulada contra el barracón penetraba en el interior, despertándose en más de una ocasión cubierto por una fina capa de polvo. Por ello, al clarear el día, una de sus primeras ocupaciones era dirigirse al embarcadero y acompañar a los pescadores en su salida a faenar. Hombre de tierra adentro, el olor a gasoil, a pescado y el vaivén de la pequeña embarcación le provocaban mareos considerables, pero los daba por bien empleados por compartir la jornada con los pescadores dela zona.
Cuenta también que una Navidad, en su afán por hacer más llevaderas las fiestas a los soldados destinados en la zona, decidió desplazarse al destacamento de la playa. Era noche cerrada y el centinela de guardia vio acercarse a un individuo vestido completamente de negro, por lo que dio el alto reglamentario y pidió santo y seña. El padre Rafael, ajeno a tales formalidades, no supo responder, motivo por el cual el centinela le obligó a tumbarse en el suelo, donde permaneció durante un buen rato hasta la llegada del cabo de guardia, que procedió a su identificación. Repuesto del susto y sin el menor rencor hacia su “captor”, hizo entrega a los soldado sde su preciada carga: una botella de coñac y una caja de mantecados.
Rememora igualmente cómo, en la Iglesia de El Aaiún, durante el curso 1961-1962, comenzaron a impartirse clases de primaria hasta que, con motivo de celebrarse los 25 Años de Paz, se construyó el colegio que llevaría ese nombre: La Paz.
El Aaiún de aquellos años apenas alcanzaba los 4.000 habitantes. En 1968,cuando el padre Rafael abandonó la ciudad, ya eran unos 8.000; a su regreso en 2011, la cifra rondaba los 250.000 y, en la actualidad, se sitúa en torno a los 400.000 habitantes. Un crecimiento desmesurado para una ciudad que él recordaba con una extensión máxima de cuatro kilómetros y que hoy presenta dimensiones colosales. Otra anécdota que relata con gran sentido del humor ocurrió durante la pintura de los murales interiores de la iglesia. El encargado fue un soldado de reemplazo, asistente de un oficial, que resultó ser un consumado pintor. Durante todo su servicio militar se dedicó a esta tarea y fue el autor de los murales que hoy adornan el templo. El estilo tan moderno de su obra llevó al padre. Rafael a preguntarle un día:
—¿Cuándo vas a terminar los bocetos y empezar a pintar las imágenes?Nunca debió decirlo.
El enfado del artista fue monumental.Afortunadamente, tras las oportunas disculpas, el incidente no pasó a mayores y los bellos frescos siguen embelleciendo la iglesia desde entonces.
Durante su segunda etapa en El Aaiún, además de su labor pastoral, e lpadre Rafael ejerció de cicerone de cuantos visitaban la ciudad. Su profundo conocimiento del lugar y su trato cordial con las autoridades le permitieron desempeñar este papel como nadie. No obstante, en alguna ocasión tuvo que desplegar todas sus dotes diplomáticas cuando algún visitante, desoyendo sus recomendaciones sobre fotografías, fue retenidopor las fuerzas de seguridad.
Para finalizar, una pequeña confesión: el padre Rafael arrastró dos pequeñas frustraciones a lo largo de su vida. La primera, no haber podido realizar el Servicio Militar, algo que, paradójicamente, lamentaba profundamente tras haber convivido con tantos reclutas y soldados,aunque su condición de sacerdote le eximía de ello. La segunda, de carácter académico, fue no haber cursado estudios universitarios. Como tantos jóvenes de su generación, no pudo acceder a ellos por falta de medios y por la necesidad de contribuir a la economía familiar, y en su caso también por su temprana vocación sacerdotal que lo llevó a lseminario.
Ambas frustraciones han sido superadas con creces por una existencia plena y fecunda. Su labor sacerdotal, humanística y social —muchas veces más allá de lo exigido por su deber—, su entrega a la formación, cuidado y atención de cuantos tuvieron la suerte de conocerle, su ingente trabajo en el hospital y en el colegio, su colaboración en la creación y mantenimiento de las iglesias de El Aaiún y Cabeza de Playa, y su profunda huella en la vida cotidiana de la población, equivalen no a uno, sino a varios servicios militares y a un caudal de conocimiento que difícilmente podría haberse adquirido en una universidad.
Como él mismo relata, cuántos saharauis habrán contado con su ayuda al venir al mundo, siendo habitual que las familias de las mujeres hospitalizadas para dar a luz tuvieran que trasladarse con sus tiendas y enseres para acampar alrededor de la iglesia. Y allí estaba siempre el padre Rafael, dispuesto a ayudar.
Gracias, padre Rafael. Como le prometí, no será esta la última visita; aún tiene muchas e interesantes historias que contarnos. Desde aquí le envío un fuerte abrazo, junto con mi consideración y gratitud por la amabilidad y el cariño que me dispensó.
Fernando J. de la Cuesta Bellver
